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¿Sabes de qué se disfrazarán tus hijos para carnaval? ¿Podrías adivinar qué dulces o golosinas son las que comprarían en el quiosco? ¿Y qué tretas utilizarían para conseguir lo que quieren? A veces, aprender a adelantarse a sus intenciones o deseos resulta de gran ayuda a la hora de relacionarte con ellos. Siempre se dice que las madres -aunque también los padres- tienen un sexto sentido para adivinar lo que sus hijos están pensando… algo muy acertado.
Los padres están unidos a sus pequeños por unos vínculos invisibles, que a veces parecen mágicos, y que les facultan para comunicarse con ellos a unos niveles de comunicación sorprendentes. Saben cuándo están malitos, si tienen alguna preocupación e incluso saben si hoy tendrán ese famoso “día tonto” que les hará más difícil la jornada. Pero ¡cuidado! No debemos pasarnos de “listos”, ya que nuestros hijos nos pueden sorprender, y mucho, con su propia personalidad, a veces desconocida. Por eso, es fundamental para adelantarnos a sus deseos e intenciones escucharles con atención y observarles constantemente de manera discreta. Y advertirles de lo que desconocen, por ejemplo, que demasiadas chuches pueden no ser tan deliciosas y sentarles mal; o que aquel lugar no es seguro para quedarse solito.
A menudo se suele pensar en recuperar el tiempo perdido cuando llegamos a una edad avanzada, mientras que de pequeños nos dedicamos sencillamente a vivir. Pero, ¿por qué no subvertir este orden e inculcar a nuestros hijos la enseñanza de aprovechar el tiempo? Desde pequeños es bueno que tengan esas ganas de aprovechar su vida, desterrando en la medida de lo posible frases como “Si hubiera hecho aquello o lo otro...”. Es un buen principio para lograr una vida plena y satisfactoria.
Aprenderlo y llevarlo a cabo, todos juntos en familia, es la mejor forma de ser consciente de que cualquier momento, quizás más en particular los cotidianos, pueden ser especiales. Y ahí se incluye no dejarse vencer por la pereza, inventar actividades... Son cosas que se recordarán en la edad adulta y ayudarán a formar un estilo de vida más rico. Y son las que hacen que la vida merezca la pena.
La capacidad de imaginar, de fabular, de dejarnos llevar por la fantasía en nuestra vida, en medio de las tareas más cotidianas, es algo que nos sucede a todos, incluso a los individuos más realistas. Al contrario de lo que pueda parecer, el niño “fantasioso” posee una gran inteligencia y alberga un tesoro en su interior que no hay que intentar desterrar. Es bueno dejar volar la fantasía de nuestro pequeñín, porque de esta manera surgen sus más íntimos deseos y, por tanto, su propio autoconocimiento.
Es algo que, además, le facilitará en la adolescencia y posterior edad adulta aclarar lo que quiere hacer en la vida, ya que habrá estado en contacto con su parte más personal durante la infancia. Dejar de soñar despiertos significa, en parte, haber “pasado” la infancia, y esto también es algo que debemos dejar que suceda con naturalidad.