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Hay una opción familiar de ir de camping para estrechar lazos con la naturaleza, para sentirse único y libre en su inmensidad y poder dormir (¡o no!) bajo las estrellas.
El recuerdo más mágico de una acampada es un lugar no muy lejos de casa, en la tienda, mirando las estrellas. Se escucha el mar rugiendo a lo lejos y estamos tomando algo sabroso. El olor a mar se mezcla con el de las ramas quemándose en el fuego y mis dos hijos me miran con auténtico nerviosismo. Tienen la cara manchada de chorretones de zumo, y también las camisetas. Entonces, estaban en esa deliciosa edad en la que todo es aventura. Es una escena que me viene a la cabeza a menudo.
Hay pocas cosas tan inolvidables como acampar con un par de niños inquietos y alegres. Para ellos, es un sentimiento de libertad fantástico y a mí me encanta verlos fuera de casa, haciendo amigos en el momento y corriendo con una pandilla.
A los niños, les encanta el cambio que trae consigo la acampada en la dinámica familiar. Las reglas que imperan en casa no son necesariamente las mismas en una tienda de campaña, lo que hace que sea una gran aventura. Apretados en un pequeño espacio, se aprende mucho de los demás. Escuchando su respiración cuando duermen, mientras se saborea un vaso de vino frente al fuego, es muy diferente a mandarlos a la cama cuando estamos en casa.
Es algo genuino. Me encanta descubrir el amanecer con mis niños, saboreando el despertar de la naturaleza. También me atrae la alegría que les provoca salir de la tienda con los pies descalzos pisando el rocío de la hierba. En el mundo consumista y rápido en que vivimos, son momentos como éstos los que hay que conservar. Son también momentos que mis hijos recordarán con sus hijos en el futuro. Cuando era pequeña, mis padres no me llevaron nunca de camping. Preferían hoteles, así que pasé la infancia en comedores atestados, sentada en sillas demasiado altas para mí, mirando por la ventana. Es cierto que los hoteles han cambiado mucho desde entonces, y yo llevo a mis pequeños a muchos durante el año. Pero hay que variar: cada uno ofrece una opción distinta.
Me entusiasma que los recuerdos veraniegos de mis hijos sean comer salchichas y patatas asadas al fuego. Me encanta que hayan dormido bajo las estrellas y hayan escuchado el ruido de la lluvia en la tienda tomando tazas de caldo.
El camping ofrece un antídoto contra todas las reglas de salud y seguridad por las que se rigen hoy día nuestras vidas. Encender un fuego (siempre controlado y cumpliendo las normas) conlleva un cierto riesgo, y me gusta esa sensación. También me gusta la naturaleza tan elemental del camping, ése no estar protegido por ventanas, paredes y calefacción central. En un hogar, hay cientos de cosas automáticas que aquí requieren atención y planificación. En la tienda sólo se pueden cubrir las necesidades básicas, lo que hace del camping una magnífica y sencilla experiencia, y relajante también. El alto número de elecciones que tenemos a diario es estresante, así que al traerse sólo lo estrictamente necesario se elimina la presión de tener que decidir.
Cuando comenzamos a ir de camping, pusimos una tienda en el jardín a modo de práctica. Fue maravilloso, porque podíamos volver a la casa a por algo esencial olvidado que, recuerdo, resultó ser el conejito de peluche de mi hijo que le hace compañía en la cama cada noche.
Cuando comenzamos a acampar fuera de casa, aprendí algunas lecciones. La primera fue que elegir el lugar de acampada adecuado es extremadamente importante. Claro que existen sitios para acampar con piscina, restaurantes, tiendas y mucho más, y a menudo también un programa de entretenimiento nocturno que puede significar la odiada discoteca. Por mi experiencia negativa, personalmente recomiendo evitar a toda costa esos lugares de acampada. No hay nada peor que intentar dormir a un bebé con el zumbante ruido de una batería y un bajo. 
Lo más práctico durante las acampadas familiares es dejar que mis hijos pongan en una mochila aquello que más deseen. Desde que son muy pequeños, lo que más les entusiasma es llevar su propia linterna. Creo que es porque les hace sentirse como auténticos aventureros, al poner algo práctico junto a sus juguetes favoritos.
Al igual que los cachorros no son un regalo sólo para navidad, el camping no es sólo para el verano. Nosotros hemos pasado muchos fines de semana invernales acampando. Hemos pasado vacaciones invernales en una caravana, una experiencia que me hizo sentir totalmente glamurosa, y para aquellos a los que no les apetezca acampar en tienda, es una solución perfecta y lujosa.
Acercarse a un lago y sentir el ruido del hielo bajo nuestras botas es algo maravilloso. Es una gran experiencia ver a los niños envolverse en la naturaleza, igual que lo hacen durante los meses veraniegos. Pero el verano es mi época favorita. En cuanto brotan los jacintos, empiezo a pensar en veranos bajo una tienda de campaña. Es una forma maravillosa de recargar pilas y escapar de la vida moderna. Si bien, me llevo un móvil para emergencias y me aseguro de tener todo lo demás apagado. Uno de los aspectos más maravillosos de la acampada es la ausencia de horarios.
Me ha parecido siempre muy triste la forma en que obligamos a los niños a crecer demasiado rápido, y por eso, la naturaleza infantil del camping es una ilusión única, siendo también una forma magnífica para que los adultos se sumerjan en los placeres de la infancia: no es muy habitual que podamos volver a jugar a las casitas.
Una de mis facetas favoritas en la acampada es la misma acción de montar el campamento. Llegar a un sitio nuevo y ocupar tu espacio es algo realmente excitante. También es importante, especialmente para los niños, saber dónde está cada cosa y asegurarse de que el espacio es cómodo y agradable. Me gusta llevarme sacos de dormir de algodón, almohadas de casa y un montón de cosas para picar.
El momento de ir a dormir cuando acampamos es una especie de ritual. Mis niños inician una sentada si no reciben su taza de chocolate caliente antes de ir a dormir, que debe ser preparada con chocolate, nata y leche entera, y cualquier variación provoca una pequeña revuelta. Si el tiempo es cálido, el chocolate se debe tomar sentados en la hierba en pijama fuera de la tienda. E independientemente del lugar y de las condiciones meteorológicas, no debe faltar nunca un cuento.
Las fiestas de medianoche son de lo preferido por mis hijos dentro de la lista de actividades obligadas durante la acampada (claro que cenan bastante antes de la medianoche, generalmente hacia las ocho), y deben incluir algo que esté vetado en casa antes de ir a dormir, como galletas especiales o tortas de arroz.
LA ACAMPADA es una auténtica experiencia social, y parte de su atractivo radica en la gente que se conoce. Los ‘picnics’ juegan una parte importante en nuestro itinerario de acampadas y, con la cantidad de establecimientos rurales que encontramos, se pueden adquirir algunos productos locales maravillosos cerca del lugar de acampada. Por eso, tengo una cesta de picnic llena de platos de porcelana y vasos de cristal resistentes que he ido comprando a lo largo de los años en tiendas de antigüedades. Consumir productos locales forma parte de la experiencia del camping; se trata de tomar contacto con el ritmo de la naturaleza, que incluye levantarse muy temprano e irse a dormir cuando oscurece, lo que te hace sentir como si ésta fuera la forma en que deberíamos vivir. Los niños se adaptan a ello con bastante facilidad.
Oímos y leemos mucho sobre el efecto del ser humano en la naturaleza y sobre cómo debemos mantener nuestro impacto al mínimo. La acampada es una magnífica forma de conseguirlo. En primer lugar, puede ser una forma muy ecológica de pasar las vacaciones que te permite a la vez, contemplar la naturaleza en primera línea, sentirla bajo tus pies y tocar y ser acariciada por ella de una manera inusual e instructiva.
Observar un cielo estrellado me parece una auténtica experiencia de humildad; uno de nuestros rituales es tumbarnos en el suelo mirando las estrellas y ver quién puede divisar una estrella fugaz. Con experiencias como ésta, te das cuenta de todo lo que debemos proteger. También te permite poner en perspectiva los problemas, cuando ves su nimiedad comparada con la inmensidad del universo.
El mundo es muy grande, por eso intentamos llevar a los niños a paisajes diferentes. Están acostumbrados a un paisaje llano, por eso les llevamos de acampada a las montañas, en cualquier lugar, para que vean paisajes majestuosos. También hemos acampado al lado del mar. La costa española es increíble.
Cada vez que mis hijos ven algo nuevo, afirman que ése es su lugar favorito, cada nuevo viaje es una aventura y una forma de hacer nuevos amigos. Les encanta especialmente acampar en lugares con mucha fauna y descubrir nuevas variedades de aves y otros animales. Incluso dormir en el campo al lado de algunas vacas, les llena de alegría.
Una vez acampamos demasiado cerca de una cabra que terminó comiéndose mi sombrero (los niños siguen aún riéndose). Les gusta también llevarse nuestras mascotas, siempre hay un poco de competencia para ver quién consigue que los perros duerman a su lado. El afecto extra que ofrece un animal merece la pena, o eso es lo que me han dicho.
La vuelta a la naturaleza es algo fácil para la mayoría de los niños, y su exuberancia natural les transporta hacia aventuras que sólo una acampada puede ofrecer. A mis hijos les encanta recoger insectos en frascos, remover riachuelos y ver cómo se enturbian sus aguas. Cuando mis hijas eran pequeñas pensaban en la acampada como una forma de tomar contacto con sus hadas interiores, y en cuanto salían del coche, se ponían sus alas de hada y salían en busca del susurro mágico de los árboles o de una corriente. Pero, tal vez sea eso lo que la acampada nos ofrece a todos: la posibilidad de escapar de nosotros mismos y de ver la magia que nos rodea.