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N° 8
Diciembre 2008


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¿Qué has dicho?

A medida que nuestros pequeñines descubren la riqueza del lenguaje, resulta inevitable que se topen con las odiadas palabrotas. ¡Mecachis!.

 

Por enésima vez esta mañana a mi hija, de casi dos años, se le cayó el muñeco detrás de su mesita. Cuando se agachó a recogerlo oí que decía: "¡Ostias! el muñeco". En seguida respondí: "¿Qué has dicho?". Y ella dijo: "El muñeco se cayó", como si nunca hubiera pronunciado semejante improperio. Me quedé atónito ante su debut en el mundo de las palabrotas y en seguida me pregunté dónde habría oído mi hija algo así. Luego, me acordé que es una expresión que mi mujer utiliza con bastante frecuencia. Como otros padres, en cuanto nuestra hija comenzó a hablar, mi mujer y yo comentamos el tema de pasada. Pero a decir verdad, no nos pusimos de acuerdo sobre cómo tratarlo de manera apropiada. De hecho, ni siquiera nos planteamos que sería bueno empezar a moderar nuestro lenguaje.

Aunque estaba asombrado por este extraño "incidente verbal", admito que en parte la culpa era mía. Después de consultar con especialistas en la materia me enteré de que es algo muy común. "Cuando los niños están acostumbrados a escuchar palabrotas es fácil que ellos mismos acaben diciéndolas también", advierte la psicóloga clínica Clara Halsey, "la mente humana está programada para imitar el lenguaje. Los niños son como esponjas y están deseando aprender palabras nuevas y las palabrotas les resultan muy atractivas ya que están cargadas de intenciones", nos explica Halsey. Aunque la mayoría de los niños desconocen el significado de las palabrotas, comprueban que la reacción de los adultos ante los improperios es casi inmediata y eso les encanta. Normalmente nos sentimos incómodos por la situación y les decimos que no vuelvan a decir esa palabra. De inmediato, el niño ha conseguido acaparar toda nuestra atención, y ¿qué es lo que más les gusta a los niños?... por supuesto, ser siempre el centro de atención. Para enseñar a nuestra hija un lenguaje correcto cambiamos nuestros hábitos lingüísticos primero.

No darle importancia puede funcionar porque de lo contrario consiguen ser el centro de atención y eso es lo que más les gusta.

 

Por otro lado, sabemos que nuestros hijos también aprenden palabrotas fuera de casa. En estos casos, lo más recomendable es restarle importancia. Así, quizá el niño no se dé cuenta. Pero para evitar problemas en el futuro, lo más conveniente es explicarle que las palabras malsonantes no son correctas. Podemos lograrlo mediante una breve explicación para que el niño sepa que no debe utilizar estas palabras, porque no son agradables y porque en casa no las usamos.

Para reforzar esta explicación también podemos alabar a las personas que utilicen un lenguaje correcto delante de nuestro hijo. Si les proporcionamos alternativas a las palabras malsonantes y nosotros mismos las utilizamos nuestro hijo se acostumbrará en seguida. A los niños les encanta experimentar con el lenguaje así que piensa que cuanto más divertidas sean las palabras alternativas, antes se acostumbrarán a usarlas. Ahora nuestra pequeña afronta sus pequeñas frustraciones con un "¡Madre mía!".

 

 

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